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El precursor del papel fue sin lugar
a dudas el papiro; el cual ya se producía en Egipto
en el año 2400 A.C.. Este se obtenía a partir
del descortezado de las gruesas fibras de la planta
de papiro, luego se entrecruzaba las mismas sobre
una superficie lisa y dura, donde se las prensaba
hasta formar una hoja.
El año 105 de nuestra era marca el comienzo de la civilización
del papel.
Fue cuando Tsai Lu, ministro de la dinastía
Hang, en China, desarrolla una fórmula para su
elaboración a partir de las fibras del bambú. Hacia el siglo VII, por iniciativa de
Taiku, rey de Corea, se perfecciona el sistema
de producción chino y se logra el papel utilizando
como materia prima trapos viejos tejidos con algodón
o con lino.
En el siglo VIII los árabes, durante la
captura de la ciudad de Samarkanda aprendieron
de los chinos el arte de fabricarlo. Los árabes
introdujeron mejoras en éste arte; la más importante
fue la sustitución de las fibras de lino por fibras
de madera. Como consecuencia de la conquista de
la península ibérica, por los moros es que el
conocimiento del producto llega al mundo occidental.
Los moros españoles a fines del siglo XI tenían
una fábrica en Toledo y otra, la más importante,
en Valencia. Una de las mayores mejoras atribuidas
a los moros ibéricos fue utilización de molinos
de agua para accionar los elementos trituradores.
Luego de ser introducida en España, la técnica de producción
de papel se difundió a Francia; la cual instaló
su primera planta a fines del siglo XII. Luego
se difundió por los Países Bajos. A estos últimos
pertenece el honor de haber inventado la pila
batidora, la cual actualmente se la conoce como
"pila holandesa" a mediados del siglo XVIII.

El gran salto surgirá de la observación hecha por un
físico francés, René Reamur, en los comienzos
del siglo XVIII sobre el comportamiento de las
avispas, a partir de lo cual nació la posibilidad
de producir papel con fibra de madera.
En 1799 Louis Robert inventa la máquina
continua, que introdujo un gran adelanto, ya que
permirio la confección de papeles de longitudes
de 12 a 15 metros. Robert le vendió su patente
a St. Leger Didot, dueño de una fabrica francesa.
Didot, buscando la capitalización de la patente
en Inglaterra, entro en contacto con Henry y Sealy
Fourdrinier, dos prosperos comerciantes de papel, de Londres, quienes
vieron con simpatía la idea de la máquina de Papel.
Ellos emplearon a un hábil y competente ingeniero,
Bryan Donkin, y, después de mucho experimentar
y gastar dinero, lanzaron e instalaron, en 1804,
una máquina de papel verdaderamente práctica.
El invento de la máquina fourdrinier fue, sin
duda, el mayor acontecimiento individual en la
historia de la fabricación del papel. Sin él,
no hubiera habido oportunidades para el desarrollo
de la maquinaria y de la técnica distintivas de
los siglos XIX y XX. En 1809 la máquina de cilindros
fue originalmente perfeccionada en Inglaterra
por John Dickinson, en Hertfordshire. Este sistema
también ha sufrido desarrollos y modificaciones
y, debido a la naturaleza compacta de la cuba
del formador, se han podido combinar con éxito
unidades múltiples en
máquina diseñadas para la manufactura de
papeles y cartulinas multicapas. Aunque la máquina
de cilindros es capaz de elaborar algunas cartulinas
para los cuales no se puede emplear la máquina
fourdrinier, está limitada en su velocidad de
operación y, en consecuencia, nunca ha alcanzado
la popularidad y el uso tan extendido de la máquina
fourdrinier.
Hacia la mitad del siglo XIX se desarrolla en escala
de producción económica la técnica para fabricar
pasta mecánica de madera, descubriéndose
también el proceso aún vigente para elaborar
pasta química.
Con el cartón corrugado en 1903 comienza
una nueva época par los métodos de embalaje y
despacho de mercaderías, y hacia la década de
los '30, la producción de pastas kraft incorpora
nuevas calidades que modifican las estructuras
productivas en orden a un aprovechamiento más
intenso de las pastas de madera.

La constante incorporación de técnicas abre nuevos
campos en la utilización del producto, abarcando
áreas insospechadas del quehacer humano, generando
nuevas creaciones y aportando al mejoramiento
de la calidad de vida.
Ya el papel no es sólo el sustento de la
creación literaria, científica o artística; tiene
que ver con la presentación de nuevos productos,
la conservación de alimentos frescos, la higiene
y la salud, convirtiéndose en auxiliar indispensable
para las nuevas expresiones de la informática.
El consumo crece sostenidamente en un mundo
donde a los tradicionales productores del hemisferio
norte se les hace cada vez más difícil acceder
a la materia prima básica, el árbol.
Es por ello que los continentes meridionales
como el americano, con suelos de extraordinaria
feracidad forestal, se han convertido en los escenarios
más dotados para el futuro desarrollo de la industria.
En tal sentido, el dilatado territorio
argentino ofrece excepcional potencialidad.
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